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Duele tu partida, querido Diego

  • Foto del escritor: Mati Gomez
    Mati Gomez
  • 26 nov 2020
  • 2 Min. de lectura

La editorial de Fabián Menotti en honor a la memoria de Diego Armando Maradona.

El Señor dando la bienvenida a su representante futbolístico en la Tierra.


Pensaba en esa imagen en la que el Diego llega al cielo, y le devuelve a Dios la mano con la que genialmente logró ese gol contra los ingleses.


Diego y Dios, en una representación artística de 'La Mano de Dios'.


Nunca pedimos de él otra cosa que no sea su genialidad con la pelota. Esa casi perfección de sus piernas, en especial la zurda, que nos permitía ser otros al momento de mostrar nuestra camiseta en el extranjero.

No le pedíamos más que su capacidad de líder en la cancha, poniéndose al hombro hasta equipos imposibles de comandar, siendo no sólo el capitán sino además el padre protector que los cuidaba, defendía y alentaba.

No le pedimos más que su potencial entereza a la hora de soportar todas las lesiones que le ocasionaban, y sin embargo nos entregaba como un poeta lo mejor de su prosa, escrita con su increíbles gambetas.


El Diego no quería ser Dios y nunca lo fue. Es más, él mismo en el último tiempo lo expresaba casi como un ruego, sacarlo de esa majestuosidad de semidiós y permitirle ser un humano más, pudiendo descargar de sus hombros el peso que le imponíamos.

Fue un genio en los potreros y luego, un ser de otro planeta en los estadios del mundo.


Nos dio eso y su mirada sobre la sociedad en la que vivía, su forma de ver que vivíamos en un tiempo de desigualdad económica, social y cultural.

Fue el referente que América Latina tuvo, quien no dudó en gritar quiénes eran ellos y quiénes nosotros. Se permitió a si mismo pararse frente a la injusticia acá y en el mundo, y desde su barricada, tratar de combatirla.

No le tuvo miedo a ninguno, y por eso, enemigos no le faltaron. Pero mientras marchaba, sumaba a su paso cientos de hermanos que lo acompañaban.



Desde ayer no paro de ver, escuchar y leer cientos de anécdotas de ese pibe de Fiorito que quiso cambiar el mundo a su manera. Historias épicas, bellas, casi dramáticas, en donde lo muestran como era: un gran hombre.

¿Tuvo caídas? Sí ¿Tuvo errores? Puf, ¡un montón!

Pero se hizo cargo de cada uno de ellos, y en tanto el tiempo pasaba, se permitía reconocerlos y tratar de enmendarlos.

No estoy aquí para analizar esas cosas de su vida, me quedo con lo que más nos dio, lo que más me regaló, lo que pudo cuando pudo y como pudo.


La veo a mi vieja parada frente al televisor llorando casi desvanecida de la emoción, gritando el gol de la mano frente a los ingleses.

Me quedo con eso, con el Diego del amor, el de la pasión, el de la lealtad, el peronista.

Me quedo con eso. Lo demás...

Lo demás se lo obsequio a los resentidos, a los desclasados, a los que en el barrio les decimos "mondongo": porque no tienen sangre en la venas.


Sé, querido Diego, que ya está tu corazón en paz. Tus fuerzas relajadas, y en el descanso eterno. Acá nunca vamos a olvidar todo lo que nos diste, porque fue mucho y a veces demasiado.



Gracias Diego, juro que duele tu partida.

¡Hasta la victoria siempre, compañero!

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